El tiempo no pasa en Dayuma

Fotomontaje: PlanV

RESPALDOS

Dayuma es un pueblo pegado a un campo petrolero y levantado en medio de la selva amazónica. Tiene cerca de 12.000 habitantes y heredó el nombre de Dayuma Kento, la primera mujer waorani que mantuvo contacto con misioneros extranjeros en los años 50. Es una comunidad a medio pintar, donde dominan los colores pasteles. Las casas se conectan entre sí por caminos de tierra escoltados de maleza. 

El mayor movimiento se observa en la vía principal, la Auca, que atraviesa todo el pueblo. Allí se concentran los negocios de abarrotes y restaurantes. Una gran pecera de tilapias rojas fuera de una tienda es lo más pintoresco de la zona. Pero por encima de ellos resaltan las casas hechas de tablones de madera, viejos y desteñidos. Sus techos son de lata corroída por el óxido. La zona mejor cuidada está cerca al Municipio donde está un hotel con vidrios azulados. Pero por fuera esos escasos metros, sus casas están levantadas junto a pequeñas elevaciones cubiertas de vegetación y árboles. Unas construcciones son grandes, otras son pequeñas y precarias.

Esta es una parroquia que pertenece al cantón Orellana, de la provincia que lleva el mismo nombre. Está en el corazón de uno de los campos petroleros más productivos del país, el Auca, operado por Petroamazonas, solo superado por los campos Sacha y Shushufindi. Allí existen 47 pozos petroleros. Desde el Auca se han sacado hasta 14 millones de barriles de petróleo en un año, lo que significa el 9% de la producción nacional. 

Pero esa riqueza, para Dayuma, no ha significado nada. Cuando la periodista Milagros Aguirre describió a este poblado en su libro ‘¡Dayuma, nunca más!’ lo calificó de feo. El texto se publicó en 2008 y once años después parecería que el tiempo sigue detenido para sus habitantes. Dayuma tiene una historia de paros en busca mayor atención para esa población, porque su gente entiende que sin lucha no hay desarrollo. Lo dice John Rosero, expresidente de la Junta Parroquial de Dayuma. Este agricultor dice haber estado siempre en el liderazgo comunitario. En su memoria están las convocatorias a las 77 comunidades rurales que conforman la parroquia. 

¿Cuáles son estos pedidos? Una de las mayores demandas ha sido siempre trabajo y carreteras asfaltadas. Ese reclamo tuvo un costo alto en 2007. Eran inicios del gobierno de Rafael Correa. Del 26 al 29 de noviembre de ese año, los habitantes de Dayuma iniciaron una huelga. Pidieron que las empresas petroleras contrataran a más residentes locales, pagaran sus impuestos y los derechos de explotación directamente al gobierno local, para que ese dinero pudiera invertirse en servicios básicos e infraestructura en la zona, como el asfalto de la vía Auca. En esa fecha la carretera era de tercer orden, con grandes fosas de agua y de lodo. Hoy la el pavimento la recubre y los buses tardan poco más de una hora en conectar a Dayuma con la capital de la provincia, el Coca.

En la protesta de 2007, la comunidad bloqueó la vía Auca, que conduce al campo petrolero Auca-Cononaco, operado por Petroproducción. Según los informes, con ello se recortó la producción de petróleo en un 20%. El Gobierno declaró un estado de emergencia que “autorizó a la Fuerza Pública intervenir con el propósito de despejar las vías interrumpidas y garantizar la operación de producción y transporte de petróleo”. Los manifestantes salieron con la bandera de la parroquia, de colores verde, rojo y negro. 

El 30 de noviembre los habitantes esperaron una delegación del Gobierno, que había pedido la mediación de la Iglesia Católica en el conflicto. Dos hermanas mercedarias y el vicepresidente de la Junta Parroquial, Wilmer Armas, esperaron en el puente a la comisión encabezada por el ministro de Gobierno de la época, Fernando Bustamante, para luego desplazarse al coliseo. La gente creyó en las intenciones del diálogo. Pero antes llegó un contingente militar. Los uniformados bajaron de los camiones con las máscaras antigases anticipando el operativo. Detuvieron al dirigente y empujaron a las monjas.

Así iniciaron la incursión más violenta que Dayuma recuerde en su historia. Las fuerzas especiales del Ejército rompieron puertas y ventanas, irrumpieron en varias viviendas de la parroquia. John Guerrero, habitante de Dayuma, recuerda el episodio: “Esa represión fue dura, llegaron casa por casa, no respetaron mujeres ni niños ni ancianos. Los niños fueron los que más sufrieron porque no estaban preparados para una agresión así.  Sacaban a las personas y los lanzaban a los baldes de las camionetas como si fueron un saco de papas. No se tomaron el tiempo de ver quiénes estaban en el paro. Simplemente, si eras de Dayuma, te fregaste”. Los gases de las bombas lacrimógenas formaron una nube en el pueblo. La gente ahogada y desesperada quemó lo que encontraba al paso para disipar los gases. 

Imágenes de Cocavisión, archivadas por Inredh, registran el momento en que los militares corren por Dayuma cubiertos de cascos y escudos en medio de los gritos de mujeres y niños. Disparan bombas lacrimógenas. En una pequeña casa de madera, una mujer y sus hijos grita desesperaba viendo correr a los militares. “¡Por favor, no!”, pide una niña aterrorizada por los militares. Los uniformados llevan a los hombres cargados mientras la gente llora atrás. Helicópteros sobrevuelan. De ese episodio, los habitantes afirman que los niños fueron los más afectados. 

De esos días también quedan los registros fotográficos de diario Expreso. Sus imágenes retrataron los momentos más crueles de la detención. En una de ellas se ve a hombres descalzos y otros con botas que están en el balde de una camioneta militar uno sobre otro y custodiados por militares. En otra fotografía se ve una marea militar caminando por las calles polvorientas de Dayuma. En otra, dos militares posan con el tubo que usaron para someter a los detenidos. Defensores denunciaron estas violaciones, así como detenciones arbitrarias. Hubo 27 detenidos que fueron acusados de terrorismo y sabotaje, entre ellos había menores de edad. 

Una de las personas detenidas en Dayuma fue Guadalupe Llori, prefecta de la provincia de Orellana y miembro de Pachakutik, movimiento opositor de Rafael Correa. Fue aprehendida de en su casa por el Ejército el 7 de diciembre de 2007. Los militares rompieron puertas y ventanas. Fue acusada por organizar la huelga de Dayuma. Una vez recluida, se formuló también contra ella un tercer cargo de fraude. Tras 11 meses de prisión, Llori fue absuelta. Pero antes fue destituida de su cargo. En 2009 fue elegida nuevamente como prefecta de la provincia y reelecta en 2014. En 2018 renunció para ser candidata a la Alcaldía de Puerto Francisco de Orellana, pero perdió. ¿Cuáles son las huellas que ha dejado en su vida el episodio de Dayuma? Llori no contestó ni los correos ni las llamadas de Plan V. Pero en 2010, en el Oslo Freedom Forum, denunció que fue detenida en un desproporcionado operativo militar como si se tratara de una terrorista. Dijo haber sido una “presa de conciencia”.

Todos los detenidos fueron amnistiados por la Asamblea Constituyente en 2008. Aunque para Correa, lo ocurrido en Dayuma fue un acto terrorista que merecía ser castigado. 

El vulcanizador 

Medardo Graniso es un migrante en Dayuma. Es oriundo de Chimborazo, pero se estableció en esa parroquia desde hace 15 años. Es un hincha del Barcelona y eso resalta en su camiseta y en el escudo de su equipo pintado en la entrada de su vulcanizadora. Su taller sigue en el mismo lugar donde comenzó: junto a la vía Auca. Es un pequeño cuarto hecho con tablones de madera. Una llanta siempre lo espera en el pequeño patio de tierra. Ese negocio le ha dado para vivir. Por allí circulan pesados camiones con maquinaria petrolera que requieren de sus servicios. 

Él fue uno de los 27 detenidos que dejó la incursión en Dayuma. Y de los pocos que aún viven en Dayuma casi 12 años después de los hechos. Algunos de los procesados dejaron el pueblo y se fueron a vivir a comunidades aledañas. Pero Graniso sigue en el mismo lugar. Los militares lo encontraron arreglando una llanta cuando le pidieron que saliera. Pero lo cogieron y lo lanzaron al balde de la camioneta con el resto de detenidos arrumados. No participó en la protesta. Pero sus errores fueron tener el taller a pocos metros del puente de ingreso al pueblo —donde fue la huelga— y haber trabajado ese día. Aún lo considera un hecho absurdo. “Yo no me corrí”. Se imaginó que las detenciones solo iban a llevar a los promotores del paro. 

Los llevaron hasta el Coca y luego los encerraron en la cárcel del Tena. “Esa gente estaban muy bravos, mismo. Nos hacían preguntas. Si nosotros no respondíamos nos pegaban con toletes en la rabadilla. A otros les habían roto la cara y la cabeza. La piel se puso verde-negro por los golpes. De gusto hicieron el paro —nos decían— si todo les da Petroecuador y el Gobierno. ¿Por qué hacen paro? Nosotros les decíamos que no teníamos el carretero, que era lo que principalmente se necesitaba”. En el Tena estuvo preso cinco semanas, pero otros se quedaron cuatro meses. Nunca entendió por qué se detenía inocentes. Un hermano suyo hizo los trámites y consiguió la boleta de libertad. Quedó con el estigma de haber sido tachado como supuesto terrorista. 

En la pared de su taller pegó los recortes de prensa que lo mencionaron. Después de tantos años, ha quedado aferrado a la madera un pedazo de periódico con dos párrafos que apenas se logran leer. Está el testimonio de una señora llamada María, dueña de una tienda, quien reflexiona sobre el paro: “sirvió para que el Gobierno los regrese a ver”. 

John Rosero asegura que los reclamos fueron de colonos e indígenas. Además de obras, exigieron remediaciones ambientales por los derrames petroleros. Aún —dice— las principales demandas son trabajo y vías asfaltadas. En el último año han enviado una carta al presidente Lenín Moreno con la firma de 80 comunidades para la construcción de puentes. “Siendo una zona petrolera solo tenemos dos puentes, en toda la vía Auca, que aún no los terminan de construir”. 

Uno de esos puentes está al ingreso a Dayuma. Hasta abril de este año, montículos de arena descansaban sobre la obra a media hacer, cuya construcción recién inició en 2017. Los pobladores y los grandes camiones petroleros toman un desvío para no pasar por encima de la obra. Esa es la bienvenida a Dayuma: tierra y más tierra en reposo.